Ayúdame a hacer silencio

Ayúdame a hacer silencio, Señor, quiero escuchar tu voz. Toma mi mano, guíame al desierto, que nos encontremos a solas, Tú y yo. Necesito contemplar tu rostro, me hace falta la calidez de tu voz, caminar juntos... callar para que hables Tú. Me pongo en tus manos, quiero revisar mi vida, descubrir en qué tengo que cambiar, afianzar lo que anda bien, sorprenderme con lo nuevo que me pides. Ayúdame a dejar a un lado las prisas, las preocupaciones que llenan mi cabeza, barre mis dudas e inseguridades, ayúdame a archivar mis respuestas hechas, quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado. Ver donde "aprieta el zapato" para apurar el cambio. Me tienta la seguridad, el "saberlas todas", tenerla "clara", no necesitarte, total tengo todas las respuestas. Me tienta el activismo. Hay que hacer, hacer y hacer. Y me olvido del silencio, aflojo en la oración, ¿leer la Biblia?, para cuando haya tiempo... Me tienta la incoherencia. Hablar mucho y hacer poco. Mostrar facha de buen cristiano, pero adentro, donde Tú y yo conocemos, tener mucho para cambiar. Me tienta ser el centro del mundo. Que los demás giren a mi alrededor. Que me sirvan en lugar de servir. Me tienta la idolatría. Fabricarme un ídolo, con mis proyectos, mis convicciones, mis certezas y conveniencias, y ponerle tu nombre de Dios. No será el becerro de oro, pero se le parece. Me tienta la falta de compromiso. Es más fácil pasar de largo que bajarse del caballo y hacer la del samaritano. ¡Hay tantos caídos a mi lado, Señor, y yo me hago el distraído! Me tienta la falta de sensibilidad, no tener compasión, acostumbrarme a que otros sufren, y tener excusas, razones, explicaciones, que no tienen nada de Evangelio, pero que me conforman... un rato, Señor, porque en el fondo no puedo engañarte. Me tienta el separar la fe y la vida. Leer el diario, ver las noticias sin indignarme evangélicamente por la ausencia de justicia y la falta de solidaridad. Me tienta el mirar la realidad sin la mirada del Reino. Me tienta el tener tiempo para todo, menos para lo importante. Y lamentarlo pero no hacer nada para cambiarlo. La familia, los hijos, la oración... al cuadragésimo lugar. Hay cosas más importantes. ¿Las hay? Me tienta, Señor, el desaliento, lo difícil que a vece se presentan las cosas. Me tienta la desesperanza, la falta de utopía. Me tienta el dejarlo para mañana, cuando hay que empezar a cambiar hoy. Me tienta creer que te escucho, cuando escucho mi voz. ¡Enséñame a discernir! Dame luz para distinguir tu rostro. Llévame al desierto, Señor, despójame de lo que me ata, sacude mis certezas y pon a prueba mi amor. Para empezar de nuevo, humilde, sencillo, con fuerza y Espíritu para vivir fiel a Ti. P. Javier Leoz

La santa

La santa [Cuento -Texto completo.] Gabriel García Márquez Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del Trastévere, y me costó trabajo reconocerlo a primera vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la conducta lúgubre y las ropas funerarias de letrado andino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y volvía a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tenacidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro. -¿Qué pasó con la santa? -Ahí está la santa -me contestó-. Esperando. Sólo el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pensé que Margarito Duarte era el personaje en busca de autor que los novelistas esperamos durante toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue porque el final de su historia me parecía inimaginable. Había venido a Roma en aquella primavera radiante en que Pío XII padecía una crisis de hipo que ni las buenas ni las malas artes de médicos y hechiceros habían logrado remediar. Salía por primera vez de su escarpada aldea de Tolima, en los Andes colombianos, y se le notaba hasta en el modo de dormir. Se presentó una mañana en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado que por la forma y el tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le planteó al cónsul el motivo sorprendente de su viaje. El cónsul llamó entonces por teléfono al tenor Rafael Ribero Silva, su compatriota, para que le consiguiera un cuarto en la pensión donde ambos vivíamos. Así lo conocí. Margarito Duarte no había pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas letras le había permitido una formación más amplia con la lectura apasionada de cuanto material impreso encontraba a su alcance. A los dieciocho años, siendo el escribano del municipio, se casó con una bella muchacha que murió poco después en el parto de la primera hija. Ésta, más bella aún que la madre, murió de fiebre esencial a los siete años. Pero la verdadera historia de Margarito Duarte había empezado seis meses antes de su llegada a Roma, cuando hubo de mudar el cementerio de su pueblo para construir una represa. Como todos los habitantes de la región, Margarito desenterró los huesos de sus muertos para llevarlos al cementerio nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por el contrario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con que la habían enterrado. Lo más asombroso, sin embargo, era que el cuerpo carecía de peso. Centenares de curiosos atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No había duda. La incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma inequívoco de la santidad, y hasta el obispo de la diócesis estuvo de acuerdo en que semejante prodigio debía someterse al veredicto del Vaticano. De modo que se hizo una colecta pública para que Margarito Duarte viajara a Roma, a batallar por una causa que ya no era sólo suya ni del ámbito estrecho de su aldea, sino un asunto de la nación. Mientras nos contaba su historia en la pensión del apacible barrio de Parioli, Margarito Duarte quitó el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así como el tenor Ribero Silva y yo participamos del milagro. No parecía una momia marchita como las que se ven en tantos museos del mundo, sino una niña vestida de novia que siguiera dormida al cabo de una larga estancia bajo la tierra. La piel era tersa y tibia, y los ojos abiertos eran diáfanos, y causaban la impresión insoportable de que nos veían desde la muerte. El raso y los azahares falsos de la corona no habían resistido al rigor del tiempo con tan buena salud como la piel, pero las rosas que le habían puesto en las manos permanecían vivas. El peso del estuche de pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el cuerpo. Margarito Duarte empezó sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con una ayuda diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas artimañas se le ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del Vaticano. Fue siempre muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía que eran numerosas e inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones religiosas y fundaciones humanitarias encontraba a su paso, donde lo escuchaban con atención pero sin asombro, y le prometían gestiones inmediatas que nunca culminaron. La verdad es que la época no era la más propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa Sede había sido postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo, resistente no sólo a los más refinados recursos de la medicina académica, sino a toda clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo entero. Por fin, en el mes de julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en Castelgandolfo. Margarito llevó la santa a la primera audiencia semanal con la esperanza de mostrársela. El Papa apareció en el patio interior, en un balcón tan bajo que Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y alcanzó a percibir su hálito de lavanda. Pero no circuló por entre los turistas que llegaban de todo el mundo para verlo, como Margarito esperaba, sino que pronunció el mismo discurso en seis idiomas y terminó con la bendición general. Al cabo de tantos aplazamientos, Margarito decidió afrontar las cosas en persona, y llevó a la Secretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario que la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó darle una mirada oficial a la niña muerta, y los empleados que pasaban cerca la miraban sin ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior había recibido más de ochocientas cartas que solicitaban la santificación de cadáveres intactos en distintos lugares del mundo. Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo. El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla. -Debe ser un caso de sugestión colectiva -dijo. En sus escasas horas libres y en los áridos domingos de verano, Margarito permanecía en su cuarto, encarnizado en la lectura de cualquier libro que le pareciera de interés para su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia, escribía en un cuaderno escolar una relación minuciosa de sus gastos con su caligrafía preciosista de amanuense mayor, para rendir cuentas estrictas y oportunas a los contribuyentes de su pueblo. Antes de terminar el año conocía los dédalos de Roma como si hubiera nacido en ellos, hablaba un italiano fácil y de tan pocas palabras como su castellano andino, y sabía tanto como el que más sobre procesos de canonización. Pero pasó mucho más tiempo antes de que cambiara su vestido fúnebre, y el chaleco y el sombrero de magistrado que en la Roma de la época eran propios de algunas sociedades secretas con fines inconfesables. Salía desde muy temprano con el estuche de la santa, y a veces regresaba tarde en la noche, exhausto y triste, pero siempre con un rescoldo de luz que le infundía alientos nuevos para el día siguiente. -Los santos viven en su tiempo propio -decía. Yo estaba en Roma por primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y viví su calvario con una intensidad inolvidable. La pensión donde dormíamos era en realidad un apartamento moderno a pocos pasos de la Villa Borghese, cuya dueña ocupaba dos alcobas y alquilaba cuartos a estudiantes extranjeros. La llamábamos María Bella, y era guapa y temperamental en la plenitud de su otoño, y siempre fiel a la norma sagrada de que cada quien es rey absoluto dentro de su cuarto. En realidad, la que llevaba el peso de la vida cotidiana era su hermana mayor, la tía Antonieta, un ángel sin alas que le trabajaba por horas durante el día, y andaba por todos lados con su balde y su escoba de jerga lustrando más allá de lo posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos enseñó a comer los pajaritos cantores que cazaba Bartolino, su esposo, por el mal hábito que le quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a Margarito a vivir en su casa cuando los recursos no le alcanzaron para los precios de María Bella. Nada menos adecuado para el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada hora nos reservaba una novedad, hasta en la madrugada, cuando nos despertaba el rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor Ribero Silva se había ganado el privilegio de que los romanos no se resintieran con sus ensayos tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba su baño medicinal de agua helada y se arreglaba la barba y las cejas de Mefistófeles, y sólo cuando ya estaba listo con la bata de cuadros escoceses, la bufanda de seda china y su agua de colonia personal, se entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de canto. Abría de par en par la ventana del cuarto, aún con las estrellas del invierno, y empezaba por calentar la voz con fraseos progresivos de grandes arias de amor, hasta que se soltaba a cantar a plena voz. La expectativa diaria era que cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la villa Borghese con un rugido de temblor de tierra. -Eres San Marcos reencarnado, figlio mio -exclamaba la tía Antonieta asombrada de veras-. Sólo él podía hablar con los leones. Una mañana no fue el león el que dio la réplica. El tenor inició el dueto de amor del Otello: Già nella notte densa s’estingue ogni clamor. De pronto, desde el fondo del patio, nos llegó la respuesta en una hermosa voz de soprano. El tenor prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo completo, para solaz del vecindario que abrió las ventanas para santificar sus casas con el torrente de aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desmayarse cuando supo que su Desdémona invisible era nada menos que la gran María Caniglia. Tengo la impresión de que fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a Margarito Duarte para integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se sentó con todos en la mesa común y no en la cocina, como al principio, donde la tía Antonieta lo complacía casi a diario con su guiso maestro de pajaritos cantores. María Bella nos leía de sobremesa los periódicos del día para acostumbrarnos a la fonética italiana, y completaba las noticias con una arbitrariedad y una gracia que nos alegraban la vida. Uno de esos días contó, a propósito de la santa, que en la ciudad de Palermo había un enorme museo con los cadáveres incorruptos de hombres, mujeres y niños, e inclusive varios obispos, desenterrados de un mismo cementerio de padres capuchinos. La noticia inquietó tanto a Margarito, que no tuvo un instante de paz hasta que fuimos a Palermo. Pero le bastó una mirada de paso por las abrumadoras galerías de momias sin gloria para formularse un juicio de consolación. -No son el mismo caso -dijo-. A estos se les nota enseguida que están muertos. Después del almuerzo Roma sucumbía en el sopor de agosto. El sol de medio día se quedaba inmóvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma. Pero hacia las siete de la noche las ventanas se abrían de golpe para convocar el aire fresco que empezaba a moverse, y una muchedumbre jubilosa se echaba a las calles sin ningún propósito distinto que el de vivir, en medio de los petardos de las motocicletas, los gritos de los vendedores de sandía y las canciones de amor entre las flores de las terrazas. El tenor y yo no hacíamos la siesta. Íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la parrilla, y les llevábamos helados y chocolates a las putitas de verano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en busca de turistas desvelados a pleno sol. Eran bellas, pobres, cariñosas, como la mayoría de las italianas de aquel tiempo, vestidas de organiza azul, de popelina rosada, de lino verde, y se protegían del sol con las sombrillas apolilladas por las lluvias de la guerra reciente. Era un placer humano estar con ellas, porque saltaban por encima de las leyes del oficio y se daban el lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros a tomar un café bien conservado en el bar de la esquina, o a pasear en las carrozas de alquiler por los senderos del parque, o a dolernos de los reyes destronados y sus amantes trágicas que cabalgaban al atardecer en el galoppatorio. Más de una vez les servíamos de intérpretes con algún gringo descarriado. No fue por ellas que llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para que conociera el león. Vivía en libertad en un islote desértico circundado por un foso profundo, y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a rugir con un desasosiego que sorprendió a su guardián. Los visitantes del parque acudieron sorprendidos. El tenor trató de identificarse con su do de pecho matinal, pero el león no le prestó atención. Parecía rugir hacia todos nosotros sin distinción, pero el vigilante se dio cuenta al instante de que sólo rugía por Margarito. Así fue: para donde él se moviera se movía el león, y tan pronto como se escondía dejaba de rugir. El vigilante, que era doctor en letras clásicas de la universidad de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con otros leones que lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era inválida, no se le ocurrió otra. -En todo caso -dijo- no son rugidos de guerra sino de compasión. Sin embargo, lo que impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural, sino la conmoción de Margarito cuando se detuvieron a conversar con las muchachas del parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y otros por comprensión, estuvimos de acuerdo en que sería una buena obra ayudar a Margarito a resolver su soledad. Conmovida por la debilidad de nuestros corazones, María Bella se apretó la pechuga de madraza bíblica con sus manos empedradas de anillos de fantasía. -Yo lo haría por caridad -dijo-, si no fuera porque nunca he podido con los hombres que usan chaleco. Fue así como el tenor pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó en ancas de su vespa a la mariposita que le pareció más propicia para darle una hora de buena compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su alcoba, la bañó con jabón de olor, la secó, la perfumó con su agua de colonia personal, y la empolvó de cuerpo entero con su talco alcanforado para después de afeitarse. Por último le pagó el tiempo que ya llevaban y una hora más, y le indicó letra por letra lo que debía hacer. La bella desnuda atravesó en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la siesta, y dio dos golpecitos tiernos en la alcoba del fondo. Margarito Duarte, descalzo y sin camisa, abrió la puerta. -Buona sera giovanotto -le dijo ella, con voz y modos de colegiala-. Mi manda il tenore. Margarito asimiló el golpe con una gran dignidad. Acabó de abrir la puerta para darle paso, y ella se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa y los zapatos para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su lado en una silla, e inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le dijo que se diera prisa, pues sólo disponían de una hora. Él no se dio por enterado. La muchacha dijo después que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera querido sin cobrarle ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un hombre mejor comportado. Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó el cuarto con la mirada, y descubrió el estuche de madera sobre la chimenea. Preguntó si era un saxofón. Margarito no le contestó, sino que entreabrió la persiana para que entrara un poco de luz, llevó el estuche a la cama y levantó la tapa. La muchacha trató de decir algo, pero se le desencajó la mandíbula. O como nos dijo después: Mi si gelò il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de sentido en el corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que la muchacha no se atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada la noche. La tía Antonieta no supo nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no conseguía atornillar la bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le pregunté qué le sucedía. "Es que en esta casa espantan", me dijo. "Y ahora a pleno día". Me contó con una gran convicción que, durante la guerra, un oficial alemán degolló a su amante en el cuarto que ocupaba el tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus oficios, la tía Antonieta había visto la aparición de la bella asesinada recogiendo sus pasos por los corredores. -Acabo de verla caminando en pelota por el corredor -dijo-. Era idéntica. La ciudad recobró su rutina de otoño. Las terrazas floridas del verano se cerraron con los primeros vientos, y el tenor y yo volvimos a la tractoría del Trastévere donde solíamos cenar con los alumnos de canto del conde Carlo Calcagni, y algunos compañeros míos de la escuela de cine. Entre estos últimos, el más asiduo era Lakis, un griego inteligente y simpático, cuyo único tropiezo eran sus discursos adormecedores sobre la injusticia social. Por fortuna, los tenores y las sopranos lograban casi siempre derrotarlo con trozos de ópera cantados a toda voz, que sin embargo no molestaban a nadie aun después de la media noche. Al contrario, algunos trasnochadores de paso se sumaban al coro, y en el vecindario se abrían ventanas para aplaudir. Una noche, mientras cantábamos, Margarito entró en puntillas para no interrumpirnos. Llevaba el estuche de pino que no había tenido tiempo de dejar en la pensión después de mostrarle la santa al párroco de San Juan de Letrán, cuya influencia ante la Sagrada Congregación del Rito era de dominio público. Alcancé a ver de soslayo que lo puso debajo de una mesa apartada, y se sentó mientras terminábamos de cantar. Como siempre ocurría al filo de la media noche, reunimos varias mesas cuando la tractoría empezó a desocuparse, y quedamos juntos los que cantaban, los que hablábamos de cine, y los amigos de todos. Y entre ellos, Margarito Duarte, que ya era conocido allí como el colombiano silencioso y triste del cual nadie sabía nada. Lakis, intrigado, le preguntó si tocaba el violonchelo. Yo me sobrecogí con lo que me pareció una indiscreción difícil de sortear. El tenor, tan incómodo como yo, no logró remendar la situación. Margarito fue el único que tomó la pregunta con toda naturalidad. -No es un violonchelo -dijo-. Es la santa. Puso la caja sobre la mesa, abrió el candado y levantó la tapa. Una ráfaga de estupor estremeció el restaurante. Los otros clientes, los meseros, y por último la gente de la cocina con sus delantales ensangrentados, se congregaron atónitos a contemplar el prodigio. Algunos se persignaron. Una de las cocineras se arrodilló con las manos juntas, presa de un temblor de fiebre, y rezó en silencio. Sin embargo, pasada la conmoción inicial, nos enredamos en una discusión sobre la insuficiencia de la santidad en nuestros tiempos. Lakis, por supuesto, fue el más radical. Lo único que quedó claro al final fue su idea de hacer una película crítica con el tema de la santa. -Estoy seguro -dijo- que el viejo Cesare no dejaría escapar este tema. Se refería a Cesare Zavattini, nuestro maestro de argumento y guión, uno de los grandes de la historia del cine y el único que mantenía con nosotros una relación personal al margen de la escuela. Trataba de enseñarnos no sólo el oficio, sino una manera distinta de ver la vida. Era una máquina de pensar argumentos. Le salían a borbotones, casi contra su voluntad. Y con tanta prisa, que siempre le hacía falta la ayuda de alguien para pensarlos en voz alta y atraparlos al vuelo. Sólo que al terminarlos se le caían los ánimos. "Lástima que haya que filmarlo", decía. Pues pensaba que en la pantalla perdería mucho de su magia original. Conservaba las ideas en tarjetas ordenadas por temas y prendidas con alfileres en los muros, y tenía tantas que ocupaban una alcoba de su casa. El sábado siguiente fuimos a verlo con Margarito Duarte. Era tan goloso de la vida, que lo encontramos en la puerta de su casa de la calle Angela Merici, ardiendo de ansiedad por la idea que le habíamos anunciado por teléfono. Ni siquiera nos saludó con la amabilidad de costumbre, sino que llevó a Margarito a una mesa preparada, y él mismo abrió el estuche. Entonces ocurrió lo que menos imaginábamos. En vez de enloquecerse, como era previsible, sufrió una especie de parálisis mental. -Ammazza! -murmuró espantado. Miró a la santa en silencio por dos o tres minutos, cerró la caja él mismo, y sin decir nada condujo a Margarito hacia la puerta, como a un niño que diera sus primeros pasos. Lo despidió con unas palmaditas en la espalda. "Gracias, hijo, muchas gracias", le dijo. "Y que Dios te acompañe en tu lucha". Cuando cerró la puerta se volvió hacia nosotros, y nos dio su veredicto. -No sirve para el cine -dijo-. Nadie lo creería. Esa lección sorprendente nos acompañó en el tranvía de regreso. Si él lo decía, no había ni que pensarlo: la historia no servía. Sin embargo, María Bella nos recibió con el recado urgente de que Zavattini nos esperaba esa misma noche, pero sin Margarito. Lo encontramos en uno de sus momentos estelares. Lakis había llevado a dos o tres condiscípulos, pero él ni siquiera pareció verlos cuando abrió la puerta. -Ya lo tengo -gritó-. La película será un cañonazo si Margarito hace el milagro de resucitar a la niña. -¿En la película o en la vida? -le pregunté. Él reprimió la contrariedad. "No seas tonto", me dijo. Pero enseguida le vimos en los ojos el destello de una idea irresistible. "A no ser que sea capaz de resucitarla en la vida real", dijo, y reflexionó en serio: -Debería probar. Fue sólo una tentación instantánea, antes de retomar el hilo. Empezó a pasearse por la casa, como un loco feliz, gesticulando a manotadas y recitando la película a grandes voces. Lo escuchábamos deslumbrados, con la impresión de estar viendo las imágenes como pájaros fosforescentes que se le escapaban en tropel y volaban enloquecidos por toda la casa. -Una noche -dijo- cuando ya han muerto como veinte Papas que no lo recibieron, Margarito entra en su casa, cansado y viejo, abre la caja, le acaricia la cara a la muertecita, y le dice con toda la ternura del mundo: "Por el amor de tu padre, hijita: levántate y anda". Nos miró a todos, y remató con un gesto triunfal: -¡Y la niña se levanta! Algo esperaba de nosotros. Pero estábamos tan perplejos, que no encontrábamos qué decir. Salvo Lakis, el griego, que levantó el dedo, como en la escuela, para pedir la palabra. -Mi problema es que no lo creo -dijo, y ante nuestra sorpresa, se dirigió directo a Zavattini-: Perdóneme, maestro, pero no lo creo. Entonces fue Zavattini el que se quedó atónito. -¿Y por qué no? -Qué sé yo -dijo Lakis, angustiado-. Es que no puede ser. -Ammazza! -gritó entonces el maestro, con un estruendo que debió oírse en el barrio entero-. Eso es lo que más me jode de los estalinistas: que no creen en la realidad. En los quince años siguientes, según él mismo me contó, Margarito llevó la santa a Castelgandolfo por si se daba la ocasión de mostrarla. En una audiencia de unos doscientos peregrinos de América Latina alcanzó a contar la historia, entre empujones y codazos, al benévolo Juan XXIII. Pero no pudo mostrarle la niña porque debió dejarla a la entrada, junto con los morrales de otros peregrinos, en previsión de un atentado. El Papa lo escuchó con tanta atención como le fue posible entre la muchedumbre, y le dio en la mejilla una palmadita de aliento. -Bravo, figlio mio -le dijo-. Dios premiará tu perseverancia. Sin embargo, cuando de veras se sintió en vísperas de realizar su sueño fue durante el reinado fugaz del sonriente Albino Luciani. Un pariente de éste, impresionado por la historia de Margarito, le prometió su mediación. Nadie le hizo caso. Pero dos días después, mientras almorzaban, alguien llamó a la pensión con un mensaje rápido y simple para Margarito: no debía moverse de Roma, pues antes del jueves sería llamado del Vaticano para una audiencia privada. Nunca se supo si fue una broma. Margarito creía que no, y se mantuvo alerta. Nadie salió de la casa. Si tenía que ir al baño lo anunciaba en voz alta: "Voy al baño". María Bella, siempre graciosa en los primeros albores de la vejez, soltaba su carcajada de mujer libre. -Ya lo sabemos, Margarito -gritaba-, por si te llama el Papa. La semana siguiente, dos días antes del telefonema anunciado, Margarito se derrumbó ante el titular del periódico que deslizaron por debajo de la puerta: Morto il Papa. Por un instante lo sostuvo en vilo la ilusión de que era un periódico atrasado que habían llevado por equivocación, pues no era fácil creer que muriera un Papa cada mes. Pero así fue: el sonriente Albino Luciani, elegido treinta y tres días antes, había amanecido muerto en su cama. Volví a Roma veintidós años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no hubiera pensado en él si no lo hubiera encontrado por casualidad. Yo estaba demasiado oprimido por los estragos del tiempo para pensar en nadie. Caía sin cesar una llovizna boba como el caldo tibio, la luz de diamante de otros tiempos se había vuelto turbia, y los lugares que habían sido míos y sustentaban mis nostalgias eran otros y ajenos. La casa donde estuvo la pensión seguía siendo la misma, pero nadie dio razón de María Bella. Nadie contestaba en seis números de teléfono que el tenor Ribero Silva me había mandado a través de los años. En un almuerzo con la nueva gente de cine evoqué la memoria de mi maestro, y un silencio súbito aleteó sobre la mesa por un instante, hasta que alguien se atrevió a decir: -Zavattini? Mai sentito. Así era: nadie había oído hablar de él. Los árboles de la Villa Borghese estaban desgreñados bajo la lluvia, el galoppatoio de las princesas tristes había sido devorado por una maleza sin flores, y las bellas de antaño habían sido sustituidas por atletas andróginos travestidos de manolas. El único sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo león, sarnoso y acatarrado, en su isla de aguas marchitas. Nadie cantaba ni se moría de amor en las tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares. De pronto, una voz que podía venir del más allá me paró en seco en una callecita del Trastévere: -Hola, poeta. Era él, viejo y cansado. Habían muerto cinco Papas, la Roma eterna mostraba los primeros síntomas de la decrepitud, y él seguía esperando. "He esperado tanto que ya no puede faltar mucho más", me dijo al despedirse, después de casi cuatro horas de añoranzas. "Puede ser cosa de meses". Se fue arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y su gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda, si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años luchando en vida por la causa legítima de su propia canonización.

Asnos estúpidos

Asnos estúpidos [Cuento. Texto completo.] Isaac Asimov Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica. En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados con anterioridad: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño nunca se había tenido que tachar ninguno de los nombres anotados. En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantó la vista al notar que se acercaba un mensajero. -Naron -saludó el mensajero-. ¡Gran Señor! -Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias. -Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez. -Estupendo, estupendo. Hoy en día ascienden muy aprisa. Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son? El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión. -Ah, sí -dijo Naron- lo conozco. Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes. Escribió, pues: La Tierra. -Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord. Ningún otro grupo ha pasado tan rápidamente de la inteligencia a la madurez. No será una equivocación, espero. -De ningún modo, señor -respondió el mensajero. -Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto? -Sí, señor. -Bien, ese es el requisito -Naron soltó una risita-. Sus naves sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación. -En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los observadores nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio. Naron se quedó atónito. -¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial? -Todavía no, señor. -Pero si poseen la energía termonuclear, ¿dónde realizan las pruebas y las explosiones? -En su propio planeta, señor. Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó: -¿En su propio planeta? -Si, señor. Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes; pero es que Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable, como nadie, en la galaxia. -¡Asnos estúpidos! -murmuró. FIN "Silly Asses", 1957

Hagamos un trato

Hagamos un trato [Poema: Texto completo.] Mario Benedetti Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez sino contar conmigo. Si alguna vez advierte que la miro a los ojos, y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta, o tal vez porque existe, usted puede contar conmigo. Si otras veces me encuentra huraño sin motivo, no piense que es flojera igual puede contar conmigo. Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted, es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo; y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos, aunque sea hasta cinco. No ya para que acuda presurosa en mi auxilio, sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo.

UNA TEOLOGÍA COMUNITARISTA DE LA LIBERACIÓN.

UNA TEOLOGÍA COMUNITARISTA DE LA LIBERACIÓN. Los laicos católicos vivimos en el mundo, sin ser promotores de un “mundo sin Dios”. Pero, el “mundo humano”, de los pobres y de los ricos; el mundo de los eco-sistemas; el mundo de los poderes económicos y políticos; el mundo de la cultura de la diversidad global, afecta la intimidad misma de la fe que ilumina y orienta la vida cotidiana. No somos “a-mundanos”. Tenemos mundo e historia. No podemos ser neutrales, frente a los problemas ecológicos o ambientalistas o socio-económico-políticos o culturales y ético-humanos. Porque la fe cristiana que decimos profesar o vivir, implica una “concepción del mundo y de la vida”. No es difícil detectar los problemas que marcan a nuestras sociedades, criticar es muchas veces demasiado fácil. Anticiparse en algunos casos e iniciar procesos reales de solución a estos problemas es poco frecuente entre nosotros. El fracaso de las grandes ideologías se debe a que no tienen respuestas actuales a los problemas de hoy. Para algunos agitadores es casi imposible aceptar que el suelo que pisan y que es la realidad histórica, es un sistema global que determina lo que se puede hacer en política. Los “materialismos ideológicos transversales” han destruido valores que en décadas pasadas hacían la diferencia entre proyectos políticos y culturales. Hoy la guerra fría, por ejemplo, es una pieza de museo. Pero, la esterilidad ideológica de algunos, se cubre con anacrónicas discusiones que no ven la nueva situación mundial y nacional. Lo nuevo es que en este mundo del siglo XXI, se pueden producir agitaciones muy violentas, incluso “revoluciones” o violentos cambios de régimen, pero no se cambia nada de fondo. Una violenta revolución nacional o local, no cambia lo central del sistema: el mercado global y los intereses del gran imperio del norte. El sistema global promueve las imágenes de los líderes épicos de la guerrilla de los años 60, si esto es un mero consumismo ideológico sin efectos políticos. Hoy hablar de reformismo versus revolución es una mera retórica sin contenido histórico. Hoy la gente de izquierda es tan consumista como un joven rico o un mediocre pastor evangélico o sacerdote católico. Las protestas tienen presencia mediática y se promueven, en la medida que dividen y domestican a los sectores medios y populares. Se usa el rechazo a un comunismo más mítico que masivo. En Chile, las fuerzas que podrían incorporar al sistema, conquistas sociales reales multifacéticas, no han sido capaces de recrear en las bases populares una nueva conciencia democrática. De un “anti” se ha pasado a una disolución de las legítimas identidades. Es un falso “irenismo ideológico”. El auténtico pluralismo supone asumir las diferencias, tolerarlas en un espacio democrático posible. Para esto se necesita reconocer un fundamento humano concreto inalienable. Para los comunitaristas social-cristianos, este fundamento es la Persona, la Comunidad y el Cristianismo Liberador. El valor central de la persona humana se proyecta en la promoción de los derechos humanos. Hay que organizar redes sociales que desarrollen una participación efectiva de las bases. También los laicos necesitan expresarse en comunidades que sean espacios de libertad espiritual. El discernimiento del Magisterio de la Iglesia de parte de estos laicos organizados debe ser respetuoso e informado y siempre de buena voluntad, pidiendo tolerancia cuando a conciencia se piensa de otra manera. La Iglesia de hoy no se puede basar en una obediencia forzada e hipócrita. Como sucede entre algunos docentes de una Universidad Católica donde por interés o por dinero se aparenta ser un católico acrítico o cerrado. Es honesto discrepar manteniendo el diálogo y buscando siempre la verdad. Ser católico auténtico en estos tiempos supone el diálogo como actitud permanente, porque no se puede estar de acuerdo en todo con un Obispo o con un Sacerdote, pues no se les puede ver como neutros en su forma de vivir, o de pensar y tampoco se les puede ver como una “personificación de la verdad revelada o de una espiritualidad que casi está fuera de la historia”. La verdad revelada se discierne en comunión con toda la Iglesia, entre ellos los fieles. Lo jerárquico en la Iglesia no es autoritario. Seguramente seguirán pretendiendo muchos de estos “consagrados con poder”, la mayoría, que son apolíticos o sin poder o sin dinero porque no son dueños de los bienes que usan, pero eso es una ideología de la edad media; hoy son primero que nada personas que tienen que testimoniar que son virtuosos y consecuentes con lo que enseñan; de lo contrario sus gestos rituales y palabras “son pajas resecas que se las lleva el viento”. ¿Quién los sigue hoy por lo que dicen o por el poder que ejercen? Miles de personas los han dejado de seguir, precisamente, porque ejercitan su poder a demasiada altura. Se les sigue o escucha por lo que viven y se les tiene confianza en la medida que son sinceros y no “sepulcros blanqueados”. ¿Esto lo tiene que decir un cismático o un hereje? ¿No es una realidad sentida por los fieles más piadosos? Entre los laicos hay diversas sensibilidades y es legítimo e inevitable. Para operar desde la identidad cristiana en la sociedad civil hay que fortalecen la comunidad frente al individualismo. La comunidad debe ser un espacio liberador frente a la deshumanización del mercado. Desde esta realidad inter-personal emerge y emergerá una reflexión teológica que busca construir un espacio para la persona como valor fundamental. Miles de redes sociales deben hacer posible este espacio. En estos grupos comunitarios debe estar el germen de una nueva sociedad, donde el ser predomina sobre el tener. Una teología comunitarista de la liberación tiene que validarse, es nuestro compromiso, para acompañar el proceso de los cristianos que buscan hacer cambios desde una transformación primero personal y después colectiva, donde lo político-económico-cultural es un fruto de la fe-esperanza-amor. El comunitarismo social cristiano tiene que ser primero un comunitarismo vivenvial inter-grupal, luego un comunitarismo socio-político-económico-cultural. Esto nos convoca a un nuevo tipo de agrupaciones de base cristiana y ecuménica o interreligiosa o pluralista. Estos laicos viven su cristianismo en la frontera del mundo-Iglesia, es uno de los últimos lugares que nos quedan para evitar paternalismos alienantes y discernir con fidelidad el evangelio y mantener la unidad con los Pastores de la Iglesia. Nadie está obligado a pensar o vivir como un comunitarista social cristiano, y nadie puede negar nuestro derecho a querer vivir nuestra fe en estos términos: eclesial-socio-político-económico-cultural. MARIO ANDRÉS DÍAZ MOLINA: Estudiante en Práctica Profesional de 5° año de Pedagogía en Religión y Filosofía de la Universidad Católica del Maule. Colectivo Cultural Jorge Yáñez Olave.

¡EL MUNDO ES UN JARDIN Y UN ESTERCOLERO A LA VEZ, PERO ES HUMANO A PESAR DE TODO!

¡EL MUNDO ES UN JARDIN Y UN ESTERCOLERO A LA VEZ, PERO ES HUMANO A PESAR DE TODO! Manifiesto Comunitarista- Personalista. A Eduardo Nicanor Frei Montalva, un líder humanista cristiano histórico (1911-1982) y, a todos los luchadores sociales, religiosos y políticos de todas las ideologías y tradiciones seculares y religiosas, que buscan construir una nueva sociedad más fraterna, comunitaria, libre, justa, tolerante y democrática. Es nuestro proyecto: Construir una civilización de la persona humana. Encender la antorcha de la Revolución Democrática. Darle un cauce heroico al Humanismo Cristiano. Agudizar la conciencia popular. Comunitarizar la fraternidad planetaria. Unificar la identidad en la diversidad. Cultivar el fruto de la Razón. Promover las relaciones cooperativas entre el Oeste-Este y el Norte-Sur. Liberar a los pueblos de la crueldad del mercado. Incitar la pasión de la renovación ideológica. Globalizar la demanda de los Derechos y Deberes Humanos. Sembrar la sensibilidad ecológica en los niños, Jóvenes, adultos y ancianos. Fomentar la trascendencia de la cultura artesanal y Folklórica. Propagar los valores perennes de las idiosincrasias de la tierra. Asumir el conflicto social en la praxis de los pobres. Desintegrar el sub-mundo del terrorismo y la tortura. Desangrar el corazón del fanatismo. Anunciar la ultra- urgencia de un nuevo hombre y una nueva mujer con hechos de humanización. Incinerar las huellas de las dictaduras y sistemas de intolerancia. Extender el arte, la ciencia y la tecnología. Vigorizar el largo aliento del Diálogo entre culturas, etnias, credos y sistemas. Superar la mera utopía del ensueño. Trabajar en la cantera épica de la vida comunitaria. Consagrar la existencia cotidiana. Prevenir a las nuevas generaciones de la presencia de la sombra impía de la intolerancia anti-religiosa. Aprender a ver al universo envuelto en la belleza de Dios. Evitar el vacío del sin sentido. Abrazar el heroísmo de la fragilidad humana. Acariciar la energía sexuada de la humanidad. Conservar el aíre puro que nos queda. Agradecer la vitalidad de la lluvia y de las estaciones del año. Compartir la tierra con todos los hombres y mujeres, dentro de los valores de un desarrollo sustentable. Sintonizar con toda la creación. Cristificar lo profano y efímero. Olfatear cotidianamente el aroma del esfuerzo extremo. Sobre los logros de cada día, esperar de Dios lo humanamente imposible. Modelar el barro de nuestra condición en el taller de la sabiduría eterna. Asumir la urgencia concreta del ideal. Dar pasos históricos hacia la construcción mundana de la justicia y equidad. Vivir el drama de la liberación. Destruir la maquinaria maldita del narcotráfico. Impulsar la acción no-violenta en los límites de la opresión. Activar la rebelión legítima, como último recurso, contra el capitalismo depredador. Mantener la posición avanzada del testimonio de la paz. Es nuestro proyecto final más cristiano: Edificar la Iglesia fraternal, profética y liberadora en la roca de los siglos. Desarrollar en plenitud los derechos y deberes de los laicos en la asamblea ecuménica. DEL LIBRO: “CANTOS Y ANTI-CANTOS DEL UNGIDO Y DE LA ÚLTIMA CUMBRE” DE MARIO A. DÍAZ MOLINA. (*) Estudiante en Práctica Profesional de 5° año de Pedagogía en Religión y Filosofía de la Universidad Católica del Maule. Colectivo Cultural Jorge Yáñez Olave.

CARLOS MARCIO CAMUS LARENAS: UNA IGLESIA COMUNITARIA, PROFÉTICA Y LIBERADORA.

Monseñor Carlos Camus Larenas, Obispo emérito de Linares, nació en Valparaíso el 14 de enero de 1927. Hijo de Carlos Camus Gómez e Isaura Larenas Romo. Egresado de Ingeniería Química de la Universidad Técnica Federico Santa María. Estudió en el Seminario de Santiago y en la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Chile. Bachiller en Filosofía. Licenciado en Teología. Ordenado sacerdote en Valparaíso el 21 de septiembre de 1957 por Mons. Rafael Lira, obispo de Valparaíso. Párroco en Peñablanca, Quilpué, Población Achupallas (Viña del Mar) y La Matriz, en Valparaíso. Asesor de la Juventud Obrera Católica y de la Acción Católica Rural. Pablo VI lo eligió Obispo de Copiapó el 31 de enero de 1968. Consagrado en la Parroquia Matriz de Valparaíso el 3 de marzo de 1968 por Mons. Emilio Tagle, Arzobispo-Obispo de Valparaíso. Co-consagrantes principales: Mons. José Manuel Santos, Obispo de Valdivia y Mons. Carlos González, Obispo de Talca. El Papa Pablo VI lo trasladó a Linares el 14 de diciembre de 1976. Sucedió a Mons. Augusto Salinas, quien había renunciado por razón de edad. Tomó posesión por procurador en enero de 1977 y personalmente el 17 de abril de ese mismo año. Desempeñó diversos cargos en la Conferencia Episcopal y en el CELAM. Hizo la Visita ad limina en 1979, 1984, 1989 y 1994. Retirado, el 17 de enero de 2003. Estos son datos objetivos que nunca dejarán de encontrarse en una biografía de Don Carlos Camus. Pero, lo que escribiremos es una opinión personal sobre su importancia pastoral y espiritual en la historia de la Iglesia Chilena y Universal. No puede ser menos y veremos porque. Hay lecturas ideológicas sobre el Obispo Camus, que no valoran su impronta pastoral desde una experiencia religiosa. No se puede hacer este análisis desde criterios de fe que no se tienen. El “Obispo de Chile”, como alguien dijo, es primero un Pastor de la Iglesia, desde este dato concreto se puede situar toda su labor pastoral, que se concretizó en la defensa de los derechos humanos; en su lucha contra el centro de tortura que funcionó en Colonia Dignidad; en su convocatoria pluralista que hizo visible la doctrina social de la Iglesia como núcleo que ilumina las diversas opciones políticas de los fieles: es legítimo ser católico y ser de izquierda, de centro o de derecha, etc., pero, “viviendo los valores evangélicos como fundamentos de la acción política del cristiano”; y sobre todo, se concretizó en su apoyó a los campesinos para que se organizaran en comunidades cristianas alrededor de una capilla; este hecho social-religioso por si mismo significó una educación cívica-eclesial: hombres, mujeres, jóvenes aprendieron a organizarse y dar pasos de superación del asistencialismo y paternalismo del pasado. Una Iglesia fraternal, comunitaria, profética y liberadora emergió en la conciencia religiosa del católico de base, como un ideal más cercano y posible. En función de esta actividad eclesial-social desarrolló un “pensamiento pastoral” que quedó registrado en cientos de pequeñas publicaciones: cartas a los fieles, jóvenes, entrevistas, libritos, etc.; en resumen: renovó con moderación y realismo la pastoral diocesana. Hay un “estilo Camus”, es un “carisma”, que muchos fieles sienten que no se replica en la actualidad. Algunos ven solamente los efectos políticos que inevitablemente están incorporados a toda pastoral, pues lo eclesial o religioso no funciona o no se realiza fuera de los conflictos socio-históricos. Conozco gente de izquierda que utilizó y propagó la imagen de un Obispo Camus “comunista”, nunca tuvieron un interés eclesial, les importaba la propia “acción política partidaria”; otros, usando el mismo calificativo, desvaloraron su labor humanitaria-pastoral, eran exponentes de una derecha dura, que no aceptaba que un Obispo asumiera un compromiso valiente y acusador de la barbarie que contaminaba la convivencia nacional. Ambas lecturas son parciales e ideológicamente abusivas. ¿Era posible ser cristiano, un líder moral, un Obispo y ser neutral frente a los casos de derechos humanos que hoy se conocen y es imposible no dejar de calificarlos de brutales y crímenes de lesa humanidad? ¿Es un tema político? Por supuesto que sí, en el buen sentido de una ética política y evangélica. Y desde la perspectiva de un Obispo, es un tema pastoral con consecuencias políticas, pero sobre todo hay un valor moral-humano. Esto hizo Don Carlos Camus. Es lo esencial, que nunca debe dejar de ser lo “epistemológicamente central”, en un análisis de su labor como Obispo de Linares. No ver esta dimensión moral y espiritual y hablar en términos de una actitud, donde solamente un ideal político excluyente es lo que mide y valora su labor pastoral y los otros son simplemente enemigos y falsos, es una mentira ideológica, muy común en una forma cínica de hacer política en nombre de una supuesta fe. ¿Toda persona de derecha es falsamente católica? ¿Toda persona de izquierda es no-creyente o es falsamente católica?. Pienso que no. No es tan simple, como una mera lectura ideológica-partidista, sin perspectivas antropológicas más amplias. Si se analiza la visión pastoral de Don Carlos Camus, es moderada, pero realizadora. No es un exaltado. Es demasiado lúcido para dejarse arrastrar por un “infantilismo pastoral revolucionario”. Creo que su pensamiento pastoral es digno de ser estudiado. Es una experiencia que puede nutrir una “teología pastoral” que al tener criterios, se puede reubicar en el proceso socio-religioso cambiante de los ambientes eclesiales actuales. Si estamos convencidos del valor de su pensamiento y su acción, rescatemos su “impronta” desde todas las posibilidades realmente pastorales y creyentes. Don Carlos Camus, acercó la Iglesia a los pobres y humildes y si bien no realizó una “revolución” hizo factible ver los “ideales renovadores” como posibles. Cuando hay una capilla donde no se comenta la palabra de Dios en la misa, porque el celebrante no quiere hacerlo a pesar del reclamo de los fieles, o no se toma en cuenta a los laicos para reconstruir el templo parroquial o cuando un grupo de fieles le reclama a una autoridad eclesiástica que su párroco es alcohólico y “esclavo del dinero” y esta autoridad les dice: “soportan los vicios de su párroco o se quedan sin sacerdote” y así, se siente que este ideal de Iglesia “más fraternal y respetuoso de los laicos” se hace de nuevo lejano. No son pocos los que se van de las parroquias y capillas. Mucha gente habla detrás de sus puertas, como típicos chilenos sin “personalidad social”. Personalmente hablo ahora, porque mañana hablarán otros intereses. Recuerdo a un ministro laico, que ideológicamente ponía su visión política por sobre lo pastoral-eclesial. Se definía como “camusista” en primer lugar, y no quiso seguir participando en la Iglesia, cuando llegó el nuevo Obispo. Dejó de ir a misa. Era impresionante escuchar su discurso anti-católico, después de verlo “adorar al Santísimo”. Hace tiempo que no lo veo. Su lectura era exclusivamente política-partidista. ¿Alguna vez fue un creyente o era un enviado de su partido o un infiltrado? Creo que era creyente, pero su ideología mal ubicada en su escalada de valores, destruyó su fe. Don Carlos Camus, siempre ha insistido en el pluralismo como una nota de la Doctrina Social de la Iglesia. Espero que por entre ciertos intereses no muy puros, se pueda seguir leyendo el legado pastoral de Don Carlos, Obispo emérito de Linares. ¿Quién podría negar argumentativamente que su labor pastoral se pueda valorar a nivel de la Iglesia universal? Por lo tanto, podemos seguir aplicando su “sabiduría pastoral”. Tenemos sus libritos y cartas, etc. y nuestra historia de fe que vivimos junto a su labor episcopal. Mario Andrés Díaz Molina. Estudiante en Práctica Profesional de 5° año de Pedagogía de Religión y Filosofía de la Universidad Católica del Maule.

    Presentación

    En nuestro país, el grupo Edwards y COPESA son los conglomerados con mayor cantidad de medios de comunicación. La información que recibimos día a día a través de la televisión, los periódicos y las principales revistas forman nuestra manera de ver e interpretar el mundo que nos rodea desde con marcados elementos ideológicos, de los cuales ni siquiera nos damos cuenta.

    Desde esta perspectiva, generar espacios para compartir aquello que nos des-alinea y nos des-aliena de la cultura y la ideología oficial, constituye una necesidad para aquellos que aspiramos a construir una "realidad" diferente, basada en valores humanistas, centrados en la solidaridad y que acogen la potencialidad creativa que existe en cada uno de nosotros.

    El objetivo de esta página web es, precisamente, constituirse como un medio de comunicación y de expresión generado por personas comunes y corrientes, pero que buscan conectarse con lo grande que hay dentro de ellas mismas y entregarlo a los demás a través de la palabra escrita.